La «guerra más larga de la historia» enfrentó a un pueblo de Granada y Dinamarca. El motivo: un olvido de 172 años

Se ha ganado el título oficioso de «la guerra más larga» de, como mínimo, la historia de Europa, pero lo cierto es que el conflicto bélico abierto entre el pueblo de Huéscar y el reino de Dinamarca durante 172 años, entre 1809 y 1981, puede presumir de ser también el más delirante de todos. Motivos le sobran.

Para empezar por su duración, 17 largas décadas durante las que el resto del mundo vivió revoluciones, derrocamientos e incluso tuvo tiempo de empezar y acabar dos conflagraciones globales. Segundo, por el apabullante desequilibrio de fuerzas de sus contendientes: de un lado Dinamarca, un país con 16.000 militares; del otro, Huéscar, una pequeña villa granadina que a día de hoy apenas pasa de los 7.000 vecinos. Y tercero porque a pesar de todo ninguno de los dos fue el vencedor de la contienda. Ese mérito se lo lleva la desmemoria burocrática… y la fiesta.

Nos explicamos.

En noviembre de 1809 el cabildo de Huéscar quiso seguir los pasos de la Junta Central Suprema a conciencia. Y eso —consideraron sus autoridades— pasaba por declararle la guerra a todo un país: Dinamarca. Quizás hoy suene extraño, pero en aquel momento tenía su lógica y respondía más al prurito patrio de las autoridades granadinas en plena Guerra de Independencia que a un acto de extravagancia.

La guerra de la que nadie se acordaba

Cuadro de Otto Bache que muestra el regimiento de guardias reales a caballo de Dinamarca.

Para entenderlo hay que remontarse al convulso XIX, cuando las relaciones entre España y la Francia de Napoleón Bonaparte dieron un giro radical. El siglo había arrancado con una alianza de ambos países frente a Gran Bretaña, un pacto suscrito en 1796 por Godoy. Tiempo después de hecho España enviaba soldados a Dinamarca —aliado de París— para ayudar en la defensa de sus costas frente a los ingleses y prestar apoyo en un ataque a Suecia, alineada a su vez con Londres.

El affair «hispano galo» no duró mucho más y acabó como acaban a veces las alianzas políticas, con viejos amigos (re)convertidos en nuevos enemigos.

Ocupada España por las tropas napoleónicas, coronado José Bonaparte I, retenidos Fernando VII y Carlos IV e iniciada la Guerra de Independencia, el escenario era otro bien distinto y aquellos soldados españoles movilizados en la península de Jutlandia se vieron de repente en territorio hostil. Tras la revuelta en España el grueso de las tropas desplazas a Dinamarca regresaron a su país con el propósito de sumarse a la lucha por la independencia. El grueso, que no todos. Cerca de 5.000 soldados se quedaron con las ganas y acabaron detenidos, reenviados a Francia o movilizados para luchar en otros países.

Así estaban las cosas cuando la Junta Suprema, un órgano constituido en septiembre de 1808 en Aranjuez y que ostentó poderes de gobierno durante la ocupación napoleónica, decidió mover ficha contra Dinamarca. Algunas versiones aseguran que sus dirigentes instaron a declararle la guerra a la nación escandinava. Otras, que se limitaron a cortar relaciones. Fuese más o menos contundente, lo innegable es que en Huéscar se mostraron especialmente beligerantes.

El 11 de noviembre de 1809 su cabildo, con el corregidor Juan de Murcia al frente, publicó un bando severo en el que declaraba «la guerra contra Dinamarca». Ni más ni menos. Y por si quedaba alguna duda, la proclama daba carta blanca a los vecinos para «atacar a las fuerzas danesas en cualquier parte se hallen, vengar los insultos recibidos y no cesar en las hostilidades hasta que un tratado estipule las condiciones de paz». Así lo recoge uno de los documentos de la época consultados por El País gracias al archivero local, Antonio Ros.

El problema es que ese segundo bando, el de la paz, nunca llegó.

Incluso cuando el hacha de guerra se enterró en 1814.

Finalizó la Guerra de Independencia.

Murió Napoleón.

Murió Fernando VII.

Murió el siglo XIX.

Murieron y nacieron nuevos vecinos en Huéscar.

Y nadie en la villa granadina volvió a acordarse del bando de comienzos del siglo XIX, que, como tal, seguía plenamente vigente, igual que un anticuado puente burocrático que conectaba a los huesqueños de finales del XX con los quebraderos de cabeza políticos de sus tatarabuelos. Así fue al menos hasta que un buen día el historiador Vicente González Barberán rescató la vieja proclama y se dio cuenta de que —¡Sorpresa!— el pueblo llevaba más de un siglo y medio en guerra.

El hallazgo era tan sorprendente que no tardó en captar el interés de la prensa patria y, andado el tiempo, la danesa. Del caso habló por ejemplo el corresponsal de Radio Nacional de Dinamarca, Jorge Jensen, quien vio en aquel olvido belicoso una de esas historias que se presentan solo una vez en la vida de un reportero.

Y con razón. Para cuando González Barberán se dio cuenta del sorprendente despiste burocrático habían pasado ya unos cuantos años. Estábamos en 1981. Pocos conflictos, con honrosas excepciones como la Guerra de los Trescientos Treinta y Cinco Años, podían presumir de haberse enconado tanto tiempo.

Curiosidad o no, el caso es que el despiste tenía el rango de proclama oficial, así que en Huéscar quisieron hacer las cosas con la misma concienzuda aplicación que habían demostrado a comienzos del XIX. Si el 11 de noviembre de 1809 habían gritado la declaración de guerra a los cuatro vientos, otro 11 de noviembre, en esta ocasión de 1981, se organizó una celebración por todo lo alto para firmar el armisticio tras 172 años de «guerra». La fiesta tuvo la épica debida.

A la ceremonia acudió el embajador danés en Madrid, Mongens Wandel-Petersen, e incluso cientos de sus compatriotas de la península de Jutlandia y sus islas ataviados con cascos con cuernos, monos de vikingo, espadas y escudos. Rigor histórico y de etiqueta aparte, no fue el único guiño desenfadado de la jornada.

Al menos buena parte de los daneses que acudieron a Huéscar eran en realidad enamorados de España, miembros de la comunidad de residentes de la Costa del Sol. A su entrada en el pueblo se encontraron con un cartel que rezaba «Atención, entráis en territorio enemigo». Y cuando salían pudieron leer otro que decía: «Salen ustedes de una ciudad que siempre les esperará con los brazos abiertos».

Entre medias, unos y otros, descendientes de daneses y españoles, disfrutaron eso sí de un opíparo banquete a base de cordero, chorizo, morcillas, truchas y vino que ya hubiesen querido para sí los soldados de 1809. De uno y otro bando.

En algo la guerra de los 172 años entre Huéscar y Dinamarca sí se parece a los auténticos conflictos: tiene su propia leyenda negra. No dejó muertos, pero sí damnificados, a su manera. Se cuenta que tras la generosa celebración de 1981 la Guardia Civil tuvo que rescatar de una zanja a un periodista danés que se había perdido. Hay quien incluso desliza que aquella peculiar guerra heredada de los tiempos de Fernando VII puso en riesgo la entrada de España en la OTAN.

Lo que sí dejó la contienda fue una historia digna de Berlanga, que ya ha protagonizado un documental (‘La guerra más larga’) y un cómic que acaban de publicar Román López-Cabrera y Marina Armengol Más (‘Hay que arreglar lo de Dinamarca’). Eso y una bonita amistad. Porque lejos de ser un enemigo acérrimo de los daneses, hoy Huéscar está hermanado con la urbe danesa de Kölding.

Si es que vueltas da la vida…

Imágenes: Andalucia.org y Wikipedia 1 y 2

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La «guerra más larga de la historia» enfrentó a un pueblo de Granada y Dinamarca. El motivo: un olvido de 172 años

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Xataka

por
Carlos Prego

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