En el siglo XVII España le declaró la guerra a la prostitución. Su adalid: un rey libertino con 40 hijos

«Haz lo que digo, no lo que hago», canta el uruguayo Rubén Rada rescatando un adagio que a menudo se atribuye al filósofo Lucio Séneca. Pocas veces a lo largo de la vasta, convulsa y en ocasiones truculenta historia regia española esa máxima se pudo aplicar de forma más oportuna que durante el reinado de Felipe IV, el «Rey Planeta» y penúltimo de los Austria. ¿El motivo? Carambolas de la moralidad y la historia patria, fue Felipe IV, un regio libertino, famoso por su desenfreno sexual y a quien se le calculan alrededor de 40 hijos entre legítimos y bastardos, quien protagonizó una de las mayores cruzadas contra la prostitución.

Ya se sabe: haz lo que digo…

«Un Hércules del placer». Cuando le tocó describir a Felipe IV, el historiador alemán Ludwig Pfandle recurrió a una frase tan sencilla como potente que, con el tiempo, ha ganado fortuna hasta convertirse casi en el epitafio del monarca: el Habsburgo era «un Hércules para el placer y un impotente para el gobierno».

No le faltaba razón. Mientras dejaba los asuntos de Estado en manos del Conde-duque de Olivares, Felipe IV dedicaba gran parte de su tiempo a dar rienda suelto a sus apetitos. Y había uno que le gustaba de manera especial: la carne. La carne en toda su extensión. A lo largo de su vida el «Rey Planeta», o «Rey Pasmado», como lo presenta la película de 1991 dirigida por Imanol Uribe, destacó por ser un ávido cazador y un aún más ávido libertino que se dedicaba a coleccionar amantes.

Más de 30 retoños. Durante su extenso reinado —Felipe IV ciñó la corona 44 años— España vivió un período de sombras y luces. Sombras en la política, con la decadencia del antiguo imperio hispánico. Luces en la cultura, que disfrutaba de su (largo) Siglo de Oro, con creadores como Velázquez o Quevedo encumbrando a lo más alto las artes españolas. En lo que sin duda se mostró especialmente fecundo Felipe IV, cacerías a un lado, fue en su capacidad para dejar una vasta progenie.

Veamos. Al margen de los muchos hijos que tuvo con Isabel de Francia y su segunda esposan, Mariana de Austria, buena parte de ellos fallecidos a edades muy tempranas, a Felipe IV se le conocen hijos con María Chivel, Constanza de Ribera y Orozco, Mariana Pérez de Cuevas, Ana María de Uribeondo, Casilda Manrique de Luyando y Mendoza, Teresa Aldama, Margarita del´ Escala y María Inés Calderón, alias «la Calderona», una actriz con quien tuvo a un vástago que, andado el tiempo, se volvería especialmente influyente en el país, Juan José de Austria.

Ironías de la historia. La lista suma y sigue hasta tal extremo que aún hoy hay dudas de cuántos hijos llegó a engendrar Felipe IV. Algunos cálculos apuntan a la friolera de entre 32 y 40 entre retoños legítimos y bastardos. Se cuenta que cuando de la cama se trataba, el rey no hacía distinciones entre solteras, casadas y viudas, damas de alta alcurnia y criadas; tampoco prestaba atención a dedicaciones, hasta el punto de que en su lista de romances se cuentan también tusonas y cantoneras, nombres con los que por entonces se conocía a algunas trabajadoras del sexo.

Su extensa lista de amoríos y retoños deja dos ironías igual de curiosas. La primera, que pese a su fecundidad Felipe IV acabó legando su corona a Carlos II, un joven con evidentes discapacidades físicas y que no pudo aportar un heredero que mantuviese a los Habsburgo en el poder. La segunda es que, pese a su famoso desenfreno sexual, Felipe IV fue un fiero azote de los lupanares, las casas del sexo que funcionaban perfectamente regladas en la España del siglo XVII.

La disoluta España del XVII. Las mancebías representaban un «mal menor», una manera de evitar problemas peor vistos, como adulterio, raptos o violaciones, y desde luego un lucrativo negocio del que también sacaban partido las arcas del reino, como demuestra la pragmática de 1571 promulgada por Felipe II. Desde los lejanos tiempos de los Reyes Católicos, los prostíbulos eran un negocio floreciente en el país. Tanto, que se calcula que durante el reinado del padre de Felipe IV solo en Madrid había alrededor de 800 burdeles con miles de prostitutas ejerciendo el oficio más antiguo del mundo. Y no era algo exclusivo de esa ciudad.

En el siglo XVI Antonie de Lalaing, un cortesano flamenco, dejó constancia de la existencia de un enorme lupanar en Valencia con «entre 200 y 300» mujeres. Una de las eminencias que dio rienda suelta a su desenfreno gracias a esa vasta red del negocio del sexo fue el bajá de El Cairo, Hamete Aga Mustafarac, quien a mediados del siglo XVII llegó a Madrid en calidad de embajador del Imperio Otomano. Junto con su séquito se instaló en la actual calle Marqués de Cubas y todo indica que no tardó en entregarse a los placeres que le ofrecía la ciudad y hacer gala de una vida licenciosa que acabó escandalizando —¡sorpresa!— al monarca Felipe IV.

…Y llegó la década de 162o. No todos en España veían las mancebías con los buenos ojos de Hamete Aga Mustafarac o quienes defendían que el meretricio era un «mal menor». Había una corriente crítica, con grandes adalides, como el padre Maqueda o el influyente jesuita López de Mendoza, que consiguieron que la Junta de Reformación celebrada a finales de 1622 discutiesen el cierre de los prostíbulos. Su primer intento no salió adelante por la mínima. El segundo, en 1623, sí, lo que permitió que el 10 de febrero de 1623, poco después de iniciarse el reinado del rey Felipe IV, se publicase un decreto demoledor contra los prostíbulos, lugares «que solo sirve de profesión y abominaciones, escándalos e inquietudes».

El disoluto monarca sancionó el capítulo en una pragmática que cargaba con dureza contra las casas públicas y la prostitución, contemplando incluso severas multas. «Con la prohibición de las mancebías se criminalizaba además cualquier forma de prostitución, puesto que la que se ejercía de forma clandestina estaba prohibida en el reino desde la época de los Reyes Católicos, y era castigada con la pena de prisión en la Galera de mujeres», explica la doctora Isabel Ramos Vázquez en su artículo ‘La represión de la prostitución en la Castilla del siglo XVII’.

De la teoría al hecho… Va un trecho. Y de la ley a los hechos en ocasiones también, como se comprobó en la España del XVII. Por más que Felipe IV hubiese lanzado su pragmática y abandonase la anterior permisividad con el meretricio, lo cierto es que la prostitución siguió ejerciéndose en el reino. Quizás ya no de forma reglada y a plena luz del día, pero sí encubierta, en la calle, una actividad que para ser honestos había empezado a popularizarse antes de que Felipe moviese ficha.

Aquello tampoco gustó al monarca, que ordenó que se reforzara el control, persecución y castigo. En 1656 el Austria llegó incluso a recomendar al presidente del Consejo de Castilla que pusiera especial cuidado en velar por la decencia en las calles durante la Semana Santa. Y eso pasaba por enviar a Galera a «tantas mujeres y muchachas de pocos años como están perdidas y de asiento en las plazas».

Una guerra pérdida. De poco sirvió su empeño. Años después, en 1661, Felipe IV aún reprochaba a la justicia su falta de eficacia: «Tengo entendido que cada día crece el número de ellas, de que se ocasionan muchos escándalos y perjuicios a la causa pública». Prueba de la poca fortuna que tuvo el Austria es que en 1704, Felipe V insistía en que se enviase a Galera a las «mujeres mundanas».

Hacia 1661 el Rey Planeta tenía 56 años y una larga, larguísima y bien conocida lista de vástagos, aventuras y amoríos extraconyugales a sus espaldas.

Si es que ya lo cantaba Rubén Rada: «Haz lo que digo…»

Imágenes: Wikipedia

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En el siglo XVII España le declaró la guerra a la prostitución. Su adalid: un rey libertino con 40 hijos

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por
Carlos Prego

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