«Es tan extremo que es difícil de creer»: las previsiones de El Niño dibujan un evento de una intensidad inédita

Si hay alguien que se juega todo con cada evento de El Niño, esa es Australia. No solo está situada en un punto crítico por su cercanía, sino que buena parte de la isla-continente tiene un clima extremo en el que la Oscilación del Sur tiene mucho que decir.

De ahí que, aunque el resto del mundo use los datos de la Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) para analizar el fenómeno, la Oficina Australiana de Meteorología dedique muchos recursos a hacerse una idea de lo que está por venir. Y, si no fuera por sus resultados son difícil de creer.

«Es difícil creer que lo estoy viendo». Esas fueron las palabras del Prof. Eliot Jacobson y, lo cierto es que, si nos atenemos al modelo australiano, tiene toda la razón del mundo. Son pronósticos y proyecciones, sí, pero hablamos de 3°C en octubre y 3,2°C en noviembre en la región específica de referencia en el Pacífico ecuatorial central.

Como dice Martín León, desde 1950, esa región nunca ha estado a esa temperatura. Es decir, si Australia tiene razón, hablamos de un «Super El Niño» nunca antes registrado. Leon Simons, una de las referencias internacionales en temas meteorológicos, ha llegado a decir que, con estos datos, necesitaríamos una nueva forma de categorizar este tipo fenómenos.

Oficina Meteorológica de Australia

¿Cómo de seguras son estas predicciones? Hay que ser cautos. Actualmente, la temperatura superficial de la zona de referencia (la región Niño 3.4) está por debajo de otros eventos fuertes. Eso hace que otros modelos (como el europeo del ECMWF) sean más conservadores y adjudique menos posibilidades a una anomalía de ese calado.

Eso sí, la mayoría de modelos dan por hecho de que nos encontraremos ante un El Niño fuerte-moderado. El escenario de un niño como el de 2019 (es decir, muy moderado) puede ir descartándose.

¿Qué significa todo esto? A priori, El Niño más intenso del que tenemos registros fue en 2015 y la zona de referencia alcanzó un máximo de 2,6 °C; el siguiente en la lista fue en 1997 y llegó a los 2,4 °C. Teniendo esto en mente, si los pronósticos de la Oficina Australiana se cumplen, las pérdidas se van a contar por billones.

Nik Martin, hace unos días, recordaba que las estimaciones económicas dicen que, tras El Niño de 1982-1983, los efectos financieros duraron media década. Fueron unos 4,1 billones de dólares, según el Dartmouth College. El Niño de 1997-1998 produjo un daño al crecimiento económico mundial de 5,7 billones de dólares.

Eso es un 3% del PIB estadounidense entre 1988 y 2003. En países como «Perú o Indonesia, donde la agricultura supone hasta el 15 % del PIB, sufrieron una caída del 10 % en 2003». Es, en términos globales, un desastre.

¿Qué pasará ahora? Es difícil de saber. El mundo hoy está mucho mejor preparado para soportar este tipo de fenómenos que en 1982. Sin embargo, no atraviesa su mejor momento. Desde la pandemia, el metabolismo socioeconómico del planeta ha tenido problemas.

Nos adentramos en un territorio desconocido y (aunque España no se lleve la peor parte) no es una buena noticia. Incluso en el menos malo de los escenarios, no es buena notica.

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Imagen | Oficina Meteorológica de Australia


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Javier Jiménez

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